Stonehenge y el enigma megalítico de la antigua Britania
En la llanura de Salisbury, al sur de la actual Inglaterra, se levanta el monumento prehistórico más famoso de Europa. Aunque su construcción comenzó hacia el año tres mil diez antes de Cristo como un simple foso circular con un terraplén de tierra y cincuentaiseis hoyos conocidos como los agujeros de Aubrey, su aspecto monumental definitivo se alzó hacia el dos mil quinientos antes de Cristo. En una época en la que los habitantes neolíticos de Britania carecían de animales de tiro domesticados para grandes cargas, de herramientas de metal y del uso de la rueda, lograron movilizar a cientos de personas para transformar el paisaje en un santuario astronómico y funerario sin precedentes.
El mayor desafío logístico consistió en el transporte de dos tipos de roca desde canteras muy distantes. Las llamadas piedras azules, bloques de dolerita de entre dos y cuatro toneladas, fueron extraídas de las colinas de Preseli, en el suroeste de Gales, a más de doscientos cuarenta kilómetros de distancia. Por su parte, los gigantescos bloques de arenisca sarsen, que forman el círculo exterior y los grandes trilitos centrales con pesos de entre veinticinco y treinta toneladas, procedían de los bosques de West Woods, situados a veinticinco kilómetros al norte del yacimiento. Los trabajadores desplazaron estas moles utilizando trineos de madera que deslizaban sobre rodillos de troncos engrasados y tirando con gruesas cuerdas de fibra vegetal.
Una vez en la llanura de Salisbury, el levantamiento de las piedras exigió una técnica constructiva única en el Neolítico europeo. Los picapedreros labraron la durísima roca sarsen golpeándola durante meses con pesados mazos de piedra hasta dejar las superficies planas. Para alzar los pilares verticales, excavaron fosas con una pared inclinada, deslizaron la base de la roca y tiraron de ella con cuerdas y contrapesos de madera hasta ponerla en pie, rellenando luego el hueco con piedras sueltas. Los dinteles horizontales se subieron poco a poco mediante plataformas de troncos entrelazados que funcionaban como andamios.
Para evitar que las enormes piezas superiores cayeran con el paso de los siglos, los constructores tallaron la piedra como si fuera madera. En la cima de cada pilar vertical esculpieron salientes semiesféricos que encajaban con exactitud en agujeros perforados bajo los dinteles, mientras que los bloques horizontales se unían entre sí mediante ranuras y lengüetas laterales. Todo el conjunto quedó alineado con un eje central orientado hacia la salida del sol en el solsticio de verano y su puesta en el solsticio de invierno, marcando para las comunidades agrícolas el cambio de las estaciones y el ciclo anual de las cosechas.
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