Ananías y Safira, el matrimonio que cayó por su propia mentira

En los primeros días de la comunidad cristiana en Jerusalén, durante el siglo primero, los creyentes compartían todos sus bienes para que nadie pasara necesidad. Según relata el libro de los Hechos de los Apóstoles en su capítulo cinco, quienes poseían tierras o casas las vendían y ponían el importe íntegro a los pies de los apóstoles para su justa distribución. En aquel contexto de entrega absoluta, un hombre llamado Ananías, junto con su esposa Safira, vendió una propiedad que pertenecía a la familia. Sin embargo, deseando obtener el prestigio espiritual de quienes lo daban todo sin renunciar a su seguridad económica, acordaron en secreto retener una parte del precio y presentar el resto como si fuera la totalidad de la venta.

Cuando Ananías acudió ante la asamblea y depositó la bolsa de monedas a los pies de Pedro, el apóstol percibió de inmediato la falsedad de aquel acto. Pedro le confrontó públicamente preguntándole por qué había permitido que Satanás llenara su corazón para mentir al Espíritu Santo y sustraer parte del precio de la heredad. El apóstol le recordó que la tierra era suya antes de venderla y que, incluso tras la venta, el dinero seguía estando bajo su libre disposición, por lo que nadie le obligaba a entregarlo todo. La gravedad de la falta no residía en quedarse con una fracción de las monedas, sino en haber urdido una farsa deliberada diciendo que entregaban el total ante la comunidad y ante Dios.

Tras escuchar las palabras de Pedro sentenciando que no había mentido a los hombres sino a Dios, Ananías se desplomó en el acto y expiró ante el asombro de los presentes. Los jóvenes de la congregación se levantaron, envolvieron su cuerpo en lienzos siguiendo la costumbre judía y lo sacaron fuera de la ciudad para darle sepultura de inmediato. Un temor reverente comenzó a extenderse entre quienes habían presenciado lo ocurrido en aquel patio de Jerusalén, comprendiendo que la santidad de aquella asamblea naciente no admitía la hipocresía ni la búsqueda de vanagloria personal mediante el fraude espiritual.

Unas tres horas más tarde entró Safira en el recinto, ignorando por completo lo que acababa de sucederle a su marido. Pedro tomó la palabra y le preguntó directamente si habían vendido la heredad por aquella cantidad exacta de dinero que Ananías había traído. Ella, manteniendo firme el pacto de engaño, respondió afirmativamente asegurando que ese era el precio total. Entonces Pedro le anunció que los pies de los mismos jóvenes que habían sepultado a su esposo estaban ya a la puerta para llevarla a ella también. Al instante, Safira cayó a los pies del apóstol y murió, siendo sepultada junto a su marido mientras un gran temor se apoderaba de toda la iglesia.

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