Anzû, el águila con cabeza de león que robó el destino
En la antigua Mesopotamia, hacia el año dos mil quinientos antes de Cristo, los textos sumerios y acadios describieron a una fuerza temida incluso por los propios dioses llamada Anzû. Esta entidad colosal tenía el cuerpo cubierto de plumas de bronce de un águila gigante y la cabeza rugiente de un león con melena dorada. Nacido de las aguas primordiales del Apsu y de la tierra, su batir de alas provocaba torbellinos de arena y tormentas eléctricas que oscurecían el cielo sobre las ciudades de Sumeria y Babilonia. Pese a su naturaleza feroz, el rey de los dioses, Enlil, confió en él y lo nombró guardián de la entrada de su santuario principal en el templo Ekur de la ciudad de Nippur.
El conflicto estalló porque Anzû vigilaba a diario la Tablilla de los Destinos, un documento sagrado escrito en arcilla cuneiforme que otorgaba a Enlil la autoridad absoluta sobre las leyes del universo y el curso del tiempo. Cada mañana, mientras el dios soberano se despojaba de su corona y sus vestiduras divinas para bañarse en agua pura, el guardián observaba el objeto desprotegido en el altar. Dominado por la ambición de gobernar el cosmos, Anzû esperó el momento exacto en que Enlil entró en el agua, atrapó la tablilla con sus garras de ave rapaz y alzó el vuelo hacia las cumbres inaccesibles de los montes Zagros.
El robo paralizó de inmediato el orden del mundo antiguo. Los rituales en los templos dejaron de funcionar, los ríos detuvieron su cauce y la asamblea de los dioses quedó despojada de su soberanía. Tres deidades intentaron subir a la montaña para enfrentarse al usurpador, pero retrocedieron al comprender que quien poseía la tablilla convertía cualquier palabra en ley inmediata. Fue entonces cuando Ninurta, dios de la guerra y la labranza, aceptó la misión de subir a las cumbres rocosas armado con sus vientos huracanados para recuperar el emblema real.
Al verse acorralado en las alturas, Anzû utilizó el poder de la tablilla para pronunciar un mandato que invertía el tiempo de los objetos. Cuando las saetas caían desde el cielo hacia su pecho, la orden de la bestia descomponía la madera en ramas de árbol, devolvía la cuerda a las entrañas de las ovejas y regresaba las plumas a las aves en pleno vuelo. Al ver que las armas físicas no podían tocarlo, Ninurta invocó al viento del sur para que arrancara el plumaje de las alas de Anzû y dirigió un dardo divino directamente a sus pulmones y corazón, logrando derribar al ladrón y devolver la Tablilla de los Destinos al templo de Nippur.
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