La Isla de los Judíos y la maldición de Jacques de Molay
El dieciocho de marzo de mil trescientos catorce, un pequeño islote fangoso del río Sena conocido como la Isla de los Judíos se convirtió en el escenario final de la Orden del Temple. Situada justo al oeste de la Isla de la Cité, frente a los jardines del palacio real de París, aquella lengua de tierra pertenecía a la abadía de Saint-Germain-des-Prés y se utilizaba para ejecutar las sentencias de muerte dictadas por las autoridades reales. Aquella tarde, tras siete años de prisión e interrogatorios, el gran maestre Jacques de Molay y el preceptor de Normandía, Geoffroi de Charney, se retractaron públicamente frente a Notre-Dame de las confesiones que les habían arrancado bajo tortura. Sin esperar la deliberación eclesiástica, el rey Felipe IV de Francia ordenó que ambos fueran llevados en barca al islote al atardecer para morir en la hoguera como relapsos.
Las crónicas contemporáneas, entre ellas la atribuida a Godofredo de París y la continuación de Guillermo de Nangis, relatan la serenidad de Molay mientras los verdugos preparaban la leña a fuego lento. El anciano maestre pidió que le desataran las manos al menos para poder unirlas en oración y solicitó que su rostro quedara orientado hacia la catedral de Notre-Dame. Según la tradición recogida por los cronistas del siglo catorce, desde el patíbulo lanzó un emplazamiento solemne contra sus verdugos, convocando al papa Clemente V y al monarca francés a comparecer ante el tribunal de Dios antes de que se cumpliera un año. Aquella noche, cuando el fuego se extinguió y los guardias se retiraron, frailes y vecinos de París cruzaron el río en la oscuridad para recoger los huesos calcinados y la tierra mezclada con cenizas, guardándolos como reliquias sagradas.
El cumplimiento de aquel emplazamiento alimentó el pavor en toda Europa y consolidó la leyenda negra en torno al islote del Sena. Apenas treinta y tres días después de la ejecución, el veinte de abril de mil trescientos catorce, el papa Clemente V falleció en Roquemaure consumido por una grave afección intestinal, y durante su velatorio un incendio fortuito llegó a quemar parte de su féretro. Siete meses más tarde, el veintinueve de noviembre del mismo año, el rey Felipe IV murió en Fontainebleau a los cuarenta y seis años tras sufrir un derrame cerebral durante una cacería. En los catorce años siguientes, sus tres hijos varones murieron sin dejar descendencia masculina directa, poniendo fin a la dinastía de los Capetos directos y dando origen al mito de los reyes malditos.
Con el paso de los siglos, la Isla de los Judíos dejó de ser un islote aislado cuando el rey Enrique IV ordenó a finales del siglo dieciséis unirla a la Isla de la Cité para construir el Pont Neuf y la plaza Dauphine. Hoy el lugar exacto de la pira se encuentra en el extremo occidental de la actual Square du Vert-Galant, donde una placa recuerda la muerte del último gran maestre. En la memoria histórica parisina, aquel rincón arbolado junto al agua sigue vinculado a los relatos de las vigilias clandestinas de mil trescientos catorce y a las muertes encadenadas que transformaron una ejecución real en una de las leyendas más persistentes de la Edad Media europea.
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