Asedio de Veyes, el túnel de Marco Furio Camilo bajo el templo de Juno
En el año trescientos noventa y seis antes de Cristo, la guerra entre la joven República y su gran rival comercial, la poderosa metrópoli etrusca de Veyes, cumplía una década de bloqueo ininterrumpido. Situada a solo dieciséis kilómetros al norte del Tíber sobre una escarpada meseta de roca volcánica rodeada de barrancos y murallas imponentes, la ciudad resultaba inexpugnable para los asaltos frontales. El desgaste había obligado al Senado a instaurar por primera vez un sueldo anual en bronce para los legionarios, que pasaban los inviernos acampados bajo tiendas de cuero lejos de sus granjas.
Para romper el estancamiento definitivo, los comicios nombraron dictador a Marco Furio Camilo. Tras observar que las defensas exteriores eran imposibles de escalar, Camilo aprovechó la blanda composición geológica de la toba del terreno y el conocimiento de los antiguos canales de drenaje etruscos llamados cuniculi para ordenar una operación subterránea secreta. Dividió a sus zapadores en seis cuadrillas que trabajaban bajo tierra en turnos rotatorios de seis horas sin detenerse ni de día ni de noche, extrayendo la tierra oculta hacia el campamento para que los centinelas de las almenas no sospecharan nada.
Después de semanas picando en la oscuridad a la luz de lámparas de sebo, la galería principal penetró profundamente bajo el corazón de la ciudadela enemiga y se detuvo justo debajo de las losas de piedra del templo de la diosa Juno Regina. Para distraer a los defensores, Camilo lanzó un ataque general a gritos contra todos los lienzos de la muralla exterior, logrando que la totalidad de los guerreros etruscos acudieran a los muros dejando desprotegido el centro urbano.
Según narra el historiador Tito Livio, en ese preciso instante el rey de Veyes se encontraba dentro del templo realizando un sacrificio ritual y el arúspice proclamó en voz alta que los dioses darían la victoria a quien cortara las entrañas de aquella víctima. Al escuchar las palabras a través de la delgada bóveda de piedra, los soldados selectos romanos rompieron el pavimento desde abajo, emergieron con las espadas desenvainadas en medio del santuario, arrebataron la carne del altar y corrieron a abrir las puertas de la muralla para que el ejército entero tomara la ciudad.
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